Carmen tiene 82 años y cada mañana se enfrenta a la misma mesa: nueve cajas de medicamentos, tres horarios distintos, dos pastillas que hay que tomar en ayunas, una que no puede coincidir con el calcio y otra que le recetaron hace seis meses y ya no recuerda por qué. Su hija ha pegado un esquema con colores en la puerta de la nevera. Algunos días funciona. Otros, no.
Lo llamativo de esta situación no es su complejidad. Es lo común que resulta. En España, más de un tercio de las personas mayores de 65 años toma cinco o más medicamentos de forma crónica. Entre los mayores de 85, la cifra supera el 50%. La polimedicación no es una excepción clínica: es el paisaje cotidiano del envejecimiento.
Qué es la polimedicación y cuándo se convierte en problema
El término polimedicación se utiliza habitualmente para describir el uso simultáneo de cinco o más medicamentos de forma crónica. Pero la definición numérica es engañosa si se toma de forma aislada. Lo que importa no es cuántos fármacos toma una persona, sino si cada uno de ellos sigue siendo necesario, apropiado y compatible con el resto.
La literatura distingue entre polimedicación apropiada y polimedicación problemática. En la primera, cada medicamento responde a una indicación clara, ha sido revisado periódicamente y el paciente entiende por qué lo toma. En la segunda, se acumulan prescripciones sin revisión, con duplicidades, interacciones potenciales o fármacos que ya no aportan beneficio clínico. El problema no es necesariamente tomar muchos medicamentos. El problema es tomarlos sin que nadie se haya parado a evaluar el conjunto.
Según la Encuesta Nacional de Salud del INE, el 36,4% de los mayores de 65 años en España consume cinco o más medicamentos. La prevalencia crece con la edad y con la acumulación de patologías crónicas: hipertensión, diabetes, dislipemia, artrosis, depresión. Cada diagnóstico añade un fármaco. Cada especialista añade una perspectiva. Pero rara vez alguien mira el cuadro completo.
Los riesgos que no se ven
A medida que el número de fármacos crece, el riesgo de interacciones medicamentosas no aumenta de forma lineal, sino exponencial. Con dos medicamentos existe una interacción posible. Con cinco, son diez combinaciones posibles. Con nueve, como los de Carmen, el número asciende a treinta y seis. No todas son clínicamente relevantes, pero muchas pasan inadvertidas hasta que el paciente llega a urgencias.
Uno de los fenómenos más insidiosos es la cascada de prescripción. Funciona así: un medicamento produce un efecto secundario que se interpreta como un nuevo síntoma, para el cual se prescribe otro fármaco, que a su vez genera sus propios efectos adversos. Un ejemplo clásico: un antihipertensivo produce edema en los tobillos, se prescribe un diurético, el diurético causa hipopotasemia, se añade un suplemento de potasio, el potasio irrita el estómago, se receta un protector gástrico. De un medicamento han surgido cuatro. El tratamiento original sigue ahí, pero el paciente ya no recuerda cuál vino primero.
Los datos clínicos son contundentes. Las personas que toman cinco o más medicamentos tienen tres veces más riesgo de sufrir caídas, una de las principales causas de hospitalización y pérdida de autonomía en mayores. Fármacos con efecto sedante, hipotensor o anticolinérgico contribuyen directamente a la inestabilidad. Además, la evidencia acumulada vincula la polimedicación con deterioro cognitivo, especialmente cuando se combinan fármacos con carga anticolinérgica.
Según datos de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, aproximadamente el 30% de las hospitalizaciones en personas mayores están relacionadas con problemas derivados de la medicación: reacciones adversas, interacciones, errores en la dosificación o falta de adherencia provocada por la propia complejidad del régimen terapéutico. No son pacientes que hayan dejado de tomar sus medicinas. Son pacientes que las toman todas, pero mal.
El problema de la fragmentación
La polimedicación no surge en el vacío. Es, en gran medida, el producto de un sistema sanitario fragmentado. Un paciente crónico con varias patologías puede ser atendido simultáneamente por su médico de atención primaria, un cardiólogo, un endocrinólogo, un reumatólogo y quizás un psiquiatra. Cada uno prescribe desde su especialidad, con acceso limitado al historial farmacológico completo, y a menudo sin una revisión conjunta del tratamiento.
El resultado es que el paciente se convierte en el único punto de integración. Es la persona mayor quien lleva las recetas de un médico a otro, quien recuerda (o no) mencionar lo que le ha recetado el especialista anterior, quien decide si tomar o no una pastilla cuando le produce malestar.
La receta electrónica ha mejorado la trazabilidad de las prescripciones, pero no resuelve el problema de fondo. Que un fármaco esté prescrito no significa que sea apropiado en combinación con los otros ocho. La coordinación entre prescriptores sigue siendo insuficiente, y la responsabilidad de gestionar la complejidad recae sobre quien menos recursos tiene para hacerlo.
Soluciones que funcionan
La buena noticia es que la polimedicación problemática tiene solución. No siempre requiere tecnología sofisticada ni grandes reformas estructurales. A menudo basta con un gesto clínico que hoy se practica poco: sentarse con el paciente y revisar, fármaco por fármaco, si cada uno sigue teniendo sentido.
La revisión de la medicación es una intervención con evidencia robusta. Consiste en evaluar de forma sistemática el tratamiento completo de un paciente, identificar duplicidades, interacciones, medicamentos sin indicación clara y oportunidades de simplificación. En muchos países europeos, la farmacia comunitaria ya participa en estos servicios de revisión. En España, el nuevo modelo de farmacia comunitaria avanza hacia una función asistencial que va más allá de la dispensación.
La desprescripción es el complemento natural de la revisión. Consiste en retirar de forma planificada y supervisada aquellos medicamentos que ya no son necesarios o cuyo riesgo supera al beneficio. No es dejar de tratar: es tratar mejor, con menos. Un proceso que requiere criterio clínico, pero también comunicación con el paciente, que a menudo tiene miedo de dejar una medicación que toma desde hace años.
Los Sistemas Personalizados de Dosificación (SPD) representan otra herramienta eficaz. Se trata de preparar la medicación agrupada por tomas (mañana, mediodía, noche) en blísteres individualizados, de modo que el paciente solo necesita abrir el compartimento correspondiente. Eliminan la necesidad de interpretar cajas, prospectos y horarios. Las farmacias comunitarias los preparan y los actualizan cuando cambia el tratamiento.
A estos recursos se suman las herramientas digitales de seguimiento. Plataformas que permiten registrar la medicación completa, programar recordatorios, detectar posibles interacciones y mantener una comunicación directa entre farmacia, paciente y cuidador. No sustituyen la revisión clínica, pero la hacen más fácil y más frecuente.
El cuidador como pieza clave
Detrás de muchos pacientes polimedicados hay una persona que no aparece en la historia clínica pero que sostiene el sistema: el cuidador. A menudo es una hija, un hijo o una pareja que ha asumido la tarea de organizar pastilleros, acompañar a las consultas, interpretar cambios de tratamiento y vigilar efectos secundarios.
Esta carga es enorme y apenas se reconoce. El cuidador no tiene formación sanitaria, no tiene acceso directo al historial del paciente y, con frecuencia, no tiene a quién preguntar cuando surge una duda fuera del horario de consulta. Gestionar la medicación de otra persona es un trabajo cognitivo que genera ansiedad, errores y agotamiento.
La tecnología puede reducir significativamente esa carga. Un sistema digital que permita al cuidador ver la medicación actualizada, recibir alertas de tomas y comunicarse con la farmacia transforma una tarea solitaria en un proceso compartido. Como analizamos en nuestro artículo sobre el papel del cuidador en la gestión de la medicación, apoyar al cuidador es apoyar indirectamente al paciente.
Una cuestión de sistema, no solo de fármacos
La polimedicación es, en última instancia, un síntoma de algo más amplio: un modelo de atención sanitaria diseñado para enfermedades agudas que no se ha adaptado plenamente a la realidad de la cronicidad. Cuando una persona vive con cuatro o cinco diagnósticos durante décadas, necesita algo más que prescripciones: necesita coordinación, revisión periódica y acompañamiento continuo.
Reducir los riesgos de la polimedicación no significa recetar menos. Significa gestionar mejor. Implica que alguien revise el conjunto, que el paciente entienda su tratamiento, que el cuidador no esté solo y que exista un canal abierto entre quienes prescriben, quienes dispensan y quienes toman la medicación cada día.
El problema de la adherencia terapéutica y el de la polimedicación están íntimamente ligados. Un tratamiento complejo que nadie supervisa es un tratamiento que se cumple mal. Y un tratamiento que se cumple mal no es solo un fallo individual: es un fallo del sistema que debería acompañar al paciente después de cada prescripción.
Referencias
OMS — Medication Without Harm (Global Patient Safety Challenge, 2017) INE — Encuesta Nacional de Salud de España Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG) Masnoon N. et al. — What is polypharmacy? A systematic review of definitions (BMC Geriatrics, 2017)FarmaClar permite a farmacias y cuidadores hacer un seguimiento digital de la medicación de pacientes polimedicados.
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